Todo el mundo sabía que el obispo tenía a Gabriella a su cargo moralmente desde que era una niña y que la había ayudado siempre y sin jamás intentar constreñirla de manera alguna. A la sombra imponente de su protector, Gabriella había adquirido una independencia remarcable. Se había dicho que él la arrastraría a la vida religiosa, pero monseñor no se lo había ni tan siquiera sugerido. «No es mi función constreñir las almas», había dicho Lorenzo Vitelli, «y la de Gabriella me agrada tal y como es». Al obispo le gustaban las veladas en casa de Gabriella con Claudio, Tiberio y Nerón, pero sobre todo con Tiberio, al que apreciaba.

Al principio, había sentido reservas contra Claudio, el hijo de su viejo amigo Valhubert, pero el joven había acabado por conmoverle. Con Nerón tuvo más dificultades: con su rostro blando y su espíritu sin principios en ebullición voluntaria y estudiada, era un provocador nato. Presionado por Henri Valhubert había empezado por ayudar, sobre todo, a Claudio en sus estudios, pero ahora guiaba regularmente a los tres chicos por los rincones del Vaticano. Hacía ya varios años que el obispo había sido liberado ampliamente de las obligaciones de su diócesis y llamado al Vaticano, donde gracias a su excepcional competencia de erudito y de teólogo se había hecho indispensable tanto en la gran biblioteca como en el colegio cardenalicio. Pocas cosas que tuviesen que ver con la Vaticana escapaban al conocimiento de Vitelli, que, por otro lado, había instalado allí su gabinete de trabajo. ¿Por qué Henri venía a Roma de manera tan precipitada? No tenía sentido.

– Pero ¿qué hacías? -preguntó Gabriella dándole un beso-. Llevamos siglos esperándote.

– Preparaba una visita oficial al Vaticano, querida -respondió el obispo.

– Monseñor -dijo Tiberio estrechándole la mano-, el libro que me aconsejó supera todas mis expectativas. Llevo sumergido en él tres días. Pero hay varias locuciones latinas que no comprendo. Si pudiese…



13 из 146