– Ven a verme mañana. No. Si estás en la Vaticana, iré yo a verte a la gran sala. Y aprovecharé para inspeccionar una vez más el estado de los archivos. ¿Estás al corriente de todo este asunto, Claudio?

– Más o menos -gruñó Claudio.

– No parece que te divierta mucho.

– Desconfío de mi padre. ¿Es cierta toda esa historia del Miguel Ángel robado?

– Tranquilo, Claudio -dijo el obispo-. Nadie ha dicho que haya sido robado. Pero creo que tu padre debe de tener probablemente una idea más precisa sobre todo esto puesto que es este asunto el que lo lleva a emprender este viaje. Ya de joven el calor de Roma se le hacía insoportable.

– ¿Tu padre viene a Roma? -preguntó bruscamente Gabriella-. ¿Cómo es eso? ¿Solo?

– ¿Pero es tan trágico que Henri Valhubert venga a Roma? -preguntó Nerón, frunciendo los labios.

– En absoluto -dijo Vitelli-. Es Claudio el que se crispa.

– ¿No le dirá nada, monseñor? -dijo Claudio-, ¿no le dirá nada sobre la chica?

– Claudio, escucho confesiones y no ando propagándolas, ni siquiera a mi mejor amigo -dijo Vitelli sonriendo-. Si supieses todo lo que no digo, tu cabeza explotaría.

Más tarde, durante la velada, Claudio volvió a la carga.

– ¿También le ha escrito a usted, monseñor? ¿No nos puede enseñar la carta?

– Incluso si la tuviese, Claudio, no te dejaría leerla. Pero no te inquietes así, no hay nada que te concierna ni de lejos ni de cerca. ¿No puedes confiar en mí?

– ¿Cuándo llega exactamente?

– Mañana, en el avión de la mañana. Vendrá a verme directamente al Vaticano. No me viene demasiado bien con esa visita oficial entre manos.

– Pero ¿no puede hacerle entender que no es el mejor momento?

– Cuando a tu padre se le mete una idea en la cabeza, ya sabes que nada en el mundo puede detenerlo. Por otro lado, es posible que me interese lo que tiene que decir. Pasará a verte por la noche a la escuela.



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