– ¿Y se acostaron juntos por lo menos?

– Cerdo -dijo Gabriella.

– Es maravilloso. Basta con agitar el hábito violeta del obispo para que Gabriella se ponga inmediatamente nerviosa. Perdóname, querida mía. Tómalo como si fuese un piropo: con casi cincuenta años, tu Lorenzo está todavía perfecto. Facciones correctas, cabellos plateados. Perfecto. Qué pena que la religión… Bueno, peor para él. Es asunto suyo. ¿Y qué más, Claudio? Crecieron juntos, ¿y después qué?

– Laura y Lorenzo Vitelli son como uña y carne, en el buen sentido, te guste o no. Mi padre conoció a Lorenzo en Roma cuando éste no era más que un coadjutor. Debía de tener menos de treinta años y ya era un tipo terriblemente cultivado. Se entendieron de maravilla y Lorenzo presentó Laura a mi padre. Ya está. Y mi padre se fue de Roma hace dieciocho años llevándose a Laura. Ya está. Desde entonces, cuando viene a Roma, en la estación fresca, nunca deja de ir a verlo. Es mi padre el que ha publicado la mayor parte de las obras de Lorenzo sobre el Renacimiento. ¿Comprendes? ¿Te acordarás ahora?

– No estoy seguro -dijo Nerón-. Claudio, estás bebiendo tú solo. Eso es muy grave. Déjame que te acompañe un poco en tu descenso a los infiernos.

– Muy amable de tu parte pero no te molestes. Encontraré el camino yo solo.

– Insisto, Claudio. Es un placer para mí. Te dejaré en la primera parada.

– Entonces, ¡toma! -le dijo Claudio lanzándole un vaso-. ¡Y buen viaje, Lucius Domitius Nero!

– Gracias, Claudius Drusus. Eres como un hermano.

Un poco más tarde, cuando Gabriella se hubo quedado dormida, Tiberio la cubrió con las mantas de la cama y cerró las ventanas del balcón. Se echó los brazos de Nerón sobre su hombro y lo hizo descender los tres pisos. Le costó menos trabajo bajar a Claudio, que era más ligero.



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