
– ¡Imposible! -gritó Nerón-. ¡Mañana hay una fiesta en la plaza Farnesio! Todos los espíritus sofisticados y decadentes que conoce Roma asistirán. ¡No puedes perderte eso, Claudio!
– No me lo perderé, tranquilízate -dijo Claudio con voz cavernosa-. Monseñor, puede decirle a mi padre que su hijo libertino está de fiesta. Al fin y al cabo, si quiere ver el espectáculo, que se reúna con nosotros. Si no, ya lo veré más tarde.
– Como quiera -dijo Vitelli sonriendo.
El obispo se levantó, recompuso su hábito, alisó su cinturón. Tiberio miró su reloj. Lorenzo Vitelli partía siempre a las once.
– Pero ya sabes, Claudio -continuó-, que tu padre es muy capaz de ir a esa fiesta. ¿A quién crees desafiar entonces? Algunas veces adivino mejor las intenciones de Henri que las tuyas. Eres demasiado expeditivo. Siempre demasiado rápido.
Una vez que el obispo se hubo marchado, Claudio fue a buscar una botella para relajarse, explicó.
– Perdona, Gabriella, pero a veces tu Lorenzo me pone de los nervios.
– Hoy todo el mundo te pone de los nervios -soltó Tiberio.
– ¿Hace cuánto tiempo que el obispo Vitelli conoce a tu padre? -preguntó Nerón desde el sofá en el que estaba recostado. Estiraba el borde de su ojo izquierdo con su dedo y veía recortado ante la lámpara el perfil interesante de Gabriella.
– Ya te lo hemos dicho -dijo Claudio sirviéndose una copa-. ¿Quieres, Tiberio?
– ¿Desde cuándo lo conoce? -repitió Nerón.
– Creo que vas a tener que recomenzar desde cero, Claudio -dijo Gabriella sonriendo-. Nerón lo ha olvidado todo. Nerón deja de estirarte el ojo, da pena verte.
– Laura -comenzó Claudio volviéndose hacia Nerón-, ¿sabes al menos quién es Laura?
– ¡Sí! -dijo Nerón agitando un brazo-. Divina figura, sonrisa fascinante.
– Bueno -retomó Claudio-. Nerón se acuerda de Laura, eso ya es algo. Laura y el obispo Lorenzo Vitelli son amigos de la infancia. ¿Todavía me sigues? Crecieron juntos, de cualquier manera, como la hierba, en la misma calle desolada de las afueras de Roma.
